Te escribo porque me aburro.
Ya ves, que siempre te ando buscando, y a estas alturas aún no te he visto ni de pasada. Cuando camino por la calle, voy poniendo mis pasos en línea recta, haciendo equilibrios entre la cordura y la demencia, y jugando a verte en cada par de ojos que pasan de largo. Como cuando quedas en un sitio con alguien a quien jamás has visto, y vas buscando en cada pupila esa chispa de reconocimiento mutuo. Y esperas, y esperas, y esperas. Y son décimas de segundo en que mantienes una mirada y luego la mirada se evade, porque no hay reconocimiento, ni conexión, ni nada que se parezca a una cerilla golpeada contra la caja.
No sé exactamente donde estás, y no es nada justo. Creo que ya te estás pasando de listo. Quedamos en que nos encontraríamos en esta vida y ya llevo un cuarto aproximadamente vivido y sigues sin dignarte a presentarte. Quizá es que estamos confundidos y me oíste mal cuando flotábamos en el universo paralelo de las ideas, cuando todavía nos condensábamos en una especie de éter informe antes de decidirnos si quiera a tomar cuerpo. Y yo te dije España y tú escuchaste Bélgica, o Argentina, o Tumbuctú. Quizá tú también andas allí con las manos en los bolsillos y mirando ojos extraños. También estás buscando mi mirada y mis labios que te sonríen dándote un abrazo cálido y sin palabras en un mudo: “Ya iba siendo hora, guapo”.
La verdad, si somos justos, no es que ninguno de los dos fuera muy previsor. Ni siquiera nos dimos el nombre. Está claro que el teléfono era algo que no sabíamos ni que existía, pero bien que teníamos ya una idea de que nombre nos iba a caer. Y por uno de estos avatares cómicos del destino lo que tienen las almas afines en otros planos... Es eso, que son “almas” afines, y no hay un rostro que pueda asociar a ti. Es poco práctico teniendo en cuenta que en este mundo engañoso todos llevamos máscaras que mienten sobre quienes somos y ocultan nuestro verdadero “yo”. Por eso me paro y me confundo, extraviada, cuando me parece verte pasar por el rabillo del ojo, o leerte en alguna parte. Por eso sé que te reconozco en canciones que suenan en la radio y en la boca de actores de películas. Una vez me sonreíste desde una nota suelta que apreté en un piano. Y a menudo te escapas saltando por espejos y escaparates. Es frustrante.
No sé que vamos a hacer. Yo te voy dejando mensajes en botellas de náufrago cibernéticas como esta, a ver si casualmente llega a las orillas de tu playa y te da fuerte en los pies (no es mala leche, es para que te des cuenta y no pases de largo, que te conozco y eres tan despistado como yo). Sigo componiendo canciones, y cantando cuando voy sola por la calle, por si pasas cerca y reconoces mi voz entre los edredones plegados de tu memoria preexistente. Igual algún día doy con otra carta para mí en algún sitio. Quizá incluso demasiado tarde. Desde luego demasiado tarde es desde el mismo momento que no es ahora mismo (ya te he dicho, estoy aburrida, y mimosa, y me duele algo parecido a un agujero muy grande y ácido justo donde debería de estar mi esternón y que lo llena tu invariable inexistencia como si fueran toneladas de pica pica).
Bueno, oye, a ver si la próxima vez que nos veamos en sueños (navegando en la antesala de mundo donde provenimos), en vez de quedarnos tirados en la cama de nuestra casa imaginaria, escuchando el arrullo de mar y dibujándonos las mejillas con las yemas de los dedos en silencio, hacemos algo para poder retener en la memoria nuestras caras o nuestros nombres. O inventamos un código secreto que nos de pistas. Sabes que tenemos suficiente ingenio como para hacerlo, ¡Solo es cuestión de acordarnos! Que no sé que tiene el mundo onírico que se nos olvida completamente que cuando abramos los ojos volveremos a estar más allá de la piel del otro y no hacemos nada para ponerle solución.
En fin. Te echo de menos, ¿Sabes? Y nuestra casa imaginaria empieza a saberme a poco. Quiero poder hacerte rabiar en persona, como cuando me metía con que tenías una idea demasiado platónica de lo que iba a ser esta vida antes de que naciéramos (ya ves que yo tenía razón). Grita un poco más fuerte, a ver si te oigo.
No quiero pasar otro año sin conocerte.
Âme Noire




2 Monedas en mi sombrero...:
Me alegro de conocer a alguien más capaz de echar de menos lo que no conoce. Generalmente me toman por loco ;)
¡Un beso!
De nuevo, gracias por pasarte por el jardín y mirar los versos que caen de los árboles.
La locura es un punto de vista. Y además, ya lo decían el gran William:
"Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado."
Publicar un comentario en la entrada